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21 noviembre 2008

13.2 . …ni Macdonalds

Artículo: Ni Macondo ni Macdonalds: otra América es posible
Por: Gustavo Valdés de León

El modo capitalista de producción que impera en la actualidad en casi todo el mundo civilizado es el resultado de un largo proceso histórico que comienza en el último tercio del siglo XVIII en Gran Bretaña, que tras lo que Karl Marx denominó “acumulación originaria” (de capital), se desarrolla aceleradamente en algunos países europeos y en Norteamérica en el siglo XIX –la
llamada Revolución Industrial, en sus dos etapas– y alcanza su clímax a fines del siglo XX con la “Tercera” revolución que ya no es industrial sino tecnológica y que afecta en especial a las áreas de la informática y la comunicación.

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En la producción histórica del modo de producción capitalista intervinieron una gran cantidad de variables, entre las cuales la fe protestante de las sociedades involucradas no constituye un dato menor, según el todavía vigente análisis de Max Weber. Este proceso fue, desde sus inicios y como no podía ser de otra manera, de carácter desigual y condujo a una tajante, creciente e irreversible división entre países industrializados o desarrollados y países subdesarrollados
o, mas piadosamente, en vías de desarrollo. Mientras los primeros se presentan como un bloque relativamente homogéneo y dictan los destinos del mundo (el Grupo de los Ocho o G-8, inicialmente – 1973– formado por los Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Japón y Francia, al que luego se fueron incorporando sucesivamente Canadá, Italia y, por último, Rusia) en tanto que los demás, nada menos que el resto del mundo, se presentan dispersos, desorganizados y, peor aún, enfrentados entre sí.

La brecha tecnológica existente entre unos y otros es enorme y crece de manera exponencial, en función de los recursos que gobiernos y empresas pueden destinar a la investigación científica de base y a su implementación técnica. En esas condiciones transferir –o intentar transferir– los avances instrumentales del mundo desarrollado a las raquíticas economías latinoamericanas –sin plantear y resolver previamente problemas estructurales como la tenencia de la tierra, la creación de un mercado interno y la integración democrática de las mayorías marginadas, indígenas o mestizas, a la sociedad civil– carece, en absoluto, de sentido: en última instancia la publicitada Modernización no es una cuestión económica – y mucho menos, tecnológica– sino una cuestión política que implica una crítica y una transformación radical de las instituciones existentes en los sistemas de la democracia representativa.

En la historia reciente de Latinoamérica hay experiencias de modernización de las estructuras económicas “macondistas” que fueron aniquiladas por la cerrada oposición de los sectores conservadores que temían perder su status de privilegio aliados a las corporaciones internacionales supuestamente “modernizantes”: un caso paradigmático se presentó en Guatemala en 1954, como se verá a continuación.

En 1952 el gobierno de Jacobo Arbenz –el segundo de carácter democrático en más de 100 años de existencia del estado nacional– puso en marcha una moderada Reforma Agraria que se proponía “establecer en el campo relaciones capitalistas de producción” para conformar un mercado interno dinámico y moderno y el Estado de Bienestar. Agitando el espantajo del “comunismo internacional”, en medio del delirio paranoico de la Guerra Fría, los terratenientes latifundistas, propietarios de la mayor parte de la tierra apta para el consumo, agrupados en la Asociación Guatemalteca de Agricultores, con el apoyo incondicional de la Iglesia pre conciliar y las empresas norteamericanas –la United Fruit Company– lograron que el Departamento de Estado interviniera a su favor y que el gobierno de Guatemala fuera sancionado por la O.E.A. –siempre obsecuente a los intereses de Washington– legitimando la invasión de mercenarios reclutados y adiestrados en la hermana república de Honduras –por entonces gobernada a discreción por algún militar adicto– que abortaron el proyecto modernizador en marcha e impusieron un régimen de facto que trajo como consecuencia una cruenta guerra civil que, a su término –cuarenta años después– dejó como saldo más de 200.000 muertos, en su mayoría indígenas, centenares de aldeas y caseríos arrasados y alrededor de un millón de desplazados que se refugiaron en territorio mexicano: el proyecto modernizador de la Revolución Guatemalteca, democrático y autónomo, fue aniquilado y, en la actualidad, aquel país sigue siendo el mismo país atrasado e imposible de 60 años atrás.

Juan Domingo Perón en su primera presidencia (1946- 1952) puso en práctica en la Argentina un proyecto modernizador, rápidamente estigmatizado por “populista” por los centros del poder, que estableció el primer Estado de Bienestar en Sudamérica, con pleno empleo, dignificación del trabajo e incremento sustancial de la participación de los trabajadores en el reparto del ingreso nacional; no obstante, en 1955 fue derrocado por un golpe cívico-militar –que sarcásticamente se autodesignó como Revolución “Libertadora”– apoyado con igual entusiasmo por la oligarquía ganadera, el radicalismo y los partidos de la izquierda criolla; este fue el primero de una serie de golpes de estado que en el lapso de 20 años derrocaron tres gobiernos constitucionales –Arturo Frondizi, Arturo U. Illia y María E. Martínez de Peróndando inicio en la Argentina al baño de sangre por todos conocido.

El otro intento modernizador frustrado fue el del gobierno de la Unidad Popular en Chile, encabezado por Salvador Allende, quien en 1973 cae defendiendo la sede presidencial, la Casa de la Moneda, de las tropas de Augusto Pinochet; este golpe, protagonizado por la sectores mas reaccionarios de la sociedad chilena, contó con el apoyo y la financiación del Departamento de Estado, la C.I.A. y empresas norteamericanas: parece claro que la única Modernización que los países desarrollados están dispuestos a tolerar es aquella que privilegie sus intereses por encima de los intereses nacionales del país en cuestión, la única modernización posible es, desde esta mirada, la “Macdonalización”.

La “macdonalización” de Latinoamérica se empezó a poner en práctica en las década de los 70 aplicando el recetario neoliberal de los por entonces llamados los “Chicago Boys” y del Fondo Monetario Internacional: apertura irrestricta del mercado nacional a la economía mundial globalizada, con el consiguiente ingreso masivo de productos importados y la ruina de las incipientes industrias nacionales; la privatización compulsiva de las empresas públicas por la cual sectores estratégicos del Estado –energía, comunicaciones, seguridad, salud, educación, seguro social– fueron transferidos en condiciones extremadamente favorables a corporaciones
transnacionales según la fórmula, muy publicitada en esa época, de que “achicar el Estado es agrandar la Nación”. El recetario incluye, además, el mas estricto control del gasto público –la demonización del déficit fiscal, reduciendo al Estado a mero administrador incapaz GsSde generar políticas sociales– y la más absoluta libertad de mercado. El modelo neoliberal fue impuesto por la fuerza en Chile y la Argentina por los gobiernos de facto que ambos países soportaban y, posteriormente, profundizado durante la década de los 90 por el menemismo –en la nación del Plata– con la Ley de Convertibilidad mediante la cual, mágicamente, un peso equivalía a un dólar.

La importación, imitación e implantación forzada de los modelo norteamericanos de acumulación, producción y consumo –The American Way of Life– generó en amplios sectores de la población la ilusión de pertenecer al Primer Mundo: la producción estandarizada de comida “chatarra” produce un consumidor “chatarra” que disfruta vicariamente aquella ilusión al adoptar una de sus mas degradadas formas de consumo.

Respuesta obediente al mandato de modernización compulsiva del capitalismo tardío, aceptación resignada –o entusiasta- de los imperativos de la Globalización y culto servil y acrítico a “la” Tecnología: todo esto es el “mundo feliz” de Macdonalds.

En el caso argentino la época dorada de las vacaciones en el Caribe y del “déme dos” dio paso a una de sus crisis mas profundas que puso fin al gobierno de Fernando de la Rúa y dejó como saldo una enorme deuda externa, un alto nivel de desocupación, más de la mitad de la población sobreviviendo por debajo de la línea de pobreza, el desprestigio de la dirigencia política tradicional y un aparato económico desmantelado: en el fondo de la “cajita feliz” se agazapaba una pesadilla.


Acerca del autor:
Valdés de León, Gustavo (2006). Ni Macondo ni Macdonalds: otra América es posible. Acerca de la identidad latinoamericana. Artículo disponible en línea en las Actas de Diseño del Encuentro Latinoamericano de Diseño 2006 realizado por la Universidad de Palermo.
Gustavo Valdés de León es profesor regular de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. Miembro del Consejo Asesor de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. Es docente en otras universidades e Instituciones.

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