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19 agosto 2008

Diseño y realidad nacional

Latinoamérica en la trama del Diseño.
Entre la utopía y la realidad


Por: Gustavo Valdés de León

Diseño y realidad nacional. (Argentina)

Muchos de nuestros países calificados como subdesarrollados, -o más cínicamente, en vías de desarrollo- arrastran el lastre de economías precapitalistas, con importantes masas rurales, y también urbanas, no integradas al mercado del trabajo y el consumo ni a las instituciones formales de la democracia representativa; en tales sociedades el Diseño no pasa de ser un veleidad cultural de las élites de los centros urbanos, un símbolo más de su poder económico y político. Como contrapartida, en aquellos países en los cuales se han desarrollado importantes núcleos industrializados (San Pablo, Río de Janeiro, México D.F., Monterrey, Buenos Aires, Córdoba, entre otros) que han accedido a la modernidad capitalista, la función del Diseño deviene estratégica como factor dinamizador del crecimiento.

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No obstante, en estos focos modernizadores coexisten, dentro de su propio país –y aún dentro de si mismos- con bolsones, o cinturones, de pobreza formados por millones de ciudadanos que han sido excluidos del mercado. La heterogeneidad -económica, social, política y cultural- de nuestra América, consecuencia de procesos de desarrollo desiguales e inequitativos, ha fomentado la fragmentación interna y dificultado la consolidación de identidades nacionales fuertes, proceso que se ha visto agudizado por el impacto agresivo de la Globalización asimétrica y la implementacion de políticas económicas neoliberales. El resultado es la polarización creciente entre minorías privilegiadas que disfrutan de un alto estandar de consumo y mayorías marginadas que sobreviven, como pueden, bajo la así llamada línea de pobreza que en algunos casos, como en el de Perú, afecta a mas del 60% de la población, no obstante el sostenido crecimiento macroeconómico experimentado por dicho país.

Una manera de graficar las dificultades de orden metodológico que presenta la cuestión del Diseño Latinoamericano y, al mismo tiempo, ilustrar los enunciados anteriores, será intentar un análisis sumario de un caso particular, el del diseño argentino. En strictu sensu la expresión diseño argentino se refiere a un conjunto de prácticas de diseño que, por su carácter disperso, inorgánico y contradictorio harían sumamente difícil, cuando no imposible, establecer rasgos comunes que otorguen a dicho conjunto un grado mínimo de inteligibilidad. Caben, entonces, dos posibles respuestas:

a) Designar como diseño argentino a todos los objetos diseñados y producidos en el territorio físico que históricamente
se designa como República Argentina, cualquiera sea su índole y sus modalidades de producción –remontándonos
en el tiempo, por lo menos, hasta 1816. En este caso el único rasgo común de esta producción no sería otro que la
incómoda pertenencia a un sujeto político y geográfico. Y poco más que eso.

b) Designar como diseño argentino exclusivamente al que se produce con métodos y sistemas modernos en aquellos
centros urbanos industrializados que son, a la vez, centros administrativos y políticos, es decir, Buenos Aires y su conurbano, con algunas concesiones, políticamente correctas, a prácticas puntuales de diseño localizadas en el “Interior” del país que proveerían al conjunto seleccionado de un no desdeñable color local, tan caro al eclecticismo multicultural de la estética posmoderna.

Por supuesto que las dos respuestas sería incorrectas; una por extremadamente amplia y poco precisa, la otra, por el contrario, por excluyente y localista. ¿En dónde ubicar, entonces, a nuestro elusivo diseño argentino? ¿Pertenecen al mismo conjunto el Rastrojero –ícono de la ingeniería y el diseño industrial avant la letre argentinos-, el estilo fashion de los modistos de Recoleta, las tapas de los libros del Centro Editor de América Latina de la década de los 80 y la producción artesanal del NOA? Pero si nos ceñimos al caso particular de Buenos Aires, históricamente cosmopolita y europeizante, observamos que en los medios suele denominarse diseño a cualquier actividad, -incluso de carácter artesanal (prendas de firma)- que conduzca a la producción de objetos destinados a satisfacer las, supuestas, demandas de figuración, esto es, de imagen, de las clases medio-altas con poder adquisitivo y, no menos supuesto, sofisticado nivel cultural, utilizándose, para caracterizarlo, términos como diseño joven, creativo, vanguardista, posmo, cool y, por supuesto, fashion.

Este diseño, que se consume y exhibe respetando determinados rituales en pequeños pero dinámicos guetos urbanos
(Palermo Hollywood, Palermo Soho, Recoleta, Puerto Madero) es radicalmente otro al que se poduce y consume, -sin ir mas lejos, literalmente- en la Villa 31 o en la 1-11-14, ésta última estigmatizada como reducto de narcotraficantes peruanos (incluso como sucursal de San Juan de Lurigancho, el populoso barrio limeño) por la mirada sensacionalista de los medios.
Es importante destacar que desde los mismos nombres con que referencian, estas tendencias de diseño se automarginan con respecto de su propio país, identificándose imaginariamente con lugares exóticos que han adquirido valor de símbolo universal (Hollywood, la fábrica de sueños). La vocación mimetizadora conduce a la marginación deliberada, en tanto a escasas cuadras otros marginados producen y viven valores culturales radicalmente diferentes y antagónicos, al extremo de ser tachados de extranjeros. La búsqueda de las raíces ancestrales que proponía lúcidamente en 1970 Piero Maria Bardi, director del Museo de Arte de San Pablo como una alternativa fértil para el Diseño (según Satué, Enric, 1998) ha sido sustituida por la superficialidad oportunista del pastiche posmoderno: de allí el surgimiento de tendencias de diseño de nombres imposibles pero de fácil repercusión mediática como telúrico fashion, cosmo fashion o gaucho look.

Estas prácticas de diseño que, suponemos, tienen equivalentes locales en otras ciudades de nuestra América, existen a espaldas del país pero, no obstante, forman parte de su cultura –y de la de Latinoamérica- en tanto expresión de una condición colonial y de subordinación a la potencia imperial de turno y de los efectos ideológicos de esta subordinación en las identidades nacionales: en este sentido, Latinoamérica es, en gran parte, el reflejo de la imagen que Occidente tiene de Latinoamérica.

Fuente:
Cuaderno del Centro de Estudios en DyC [Ensayos] Vol. 26. Agosto, 2008.
Artículo original: Cuaderno Nro. 26 del Centro de Estudios de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. (Pág. 53-61).

Gustavo Valdés de León: Diseñador Gráfico (Escuela Panamericana de Arte). Operador Grupal (Escuela Abierta de Psicología Operativa). Profesor regular de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. Miembro del Consejo Asesor de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo. Es docente en otras universidades e Instituciones.

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