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06 junio 2008

Otra vez, el Diseño IX:
Las instancias del proceso proyectual

"Este texto ha sido producto de la reflexión colectiva surgida de nuestra tarea docente en el seminario Sociedad y Diseño en la Posmodernidad que hemos conducido en el marco de la Maestría de Diseño de la Facultad de Diseño y Comunicación de la Universidad de Palermo en el segundo semestre del 2006".

Valdés de León, G.A.

6. La significación

Conforme el objeto diseñado es producido y utilizado se constituye, necesariamente, como signo en tanto se significa en su usabilidad: el objeto en su misma manifestación visual (forma, materiales, tamaño, textura, colores,) se presenta como apto para determinado uso e “informa”, incluso, acerca de la manera mas adecuado de ser utilizado. A la par de su valor de uso el objeto desde su origen es el significante, en tanto signo lingüístico no verbal, de un significado “primero” que representa su “ser” en tanto instrumentalidad.(Es sabido que una de las condiciones fundantes del ser-en-falta -que somos el sujeto -es la de otorgar, compulsivamente, algún “sentido” a las cosas como expediente para que también su propia existencia –a la que sabe carente de sentido- pueda adquirir alguno.)

Por lo demás, como ya fue dicho, el artefacto mismo y los procesos de fabricación, los componentes, las modalidades de uso que lo acompañan inexorablemente, serán designados por términos específicos de la lengua, trámite mediante el cual aquellos elementos y conductas se constituyen también en signos, verbales primero y luego, gracias al ardid de la escritura, en signos visuales, del objeto y de su entorno.

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Ahora bien, en el Capitalismo tardío - o Posmodernidad-, en el que se privilegia el mundo virtual y evanescente de las “imágenes”, el valor-signo de los objetos se ha hipertrofiado al grado de subordinar al de su inmediatez utilitaria.

A su significado específico o primero, le es atribuido al artefacto un significado secundario, producto de una compleja construcción social, sostenido en el valor intrínseco de los materiales utilizados en su fabricación, en sus cualidades formales, en el prestigio o imagen del diseñador que lo ha “creado” o en el de la “marca” que lo avala (imagen ésta fabricada por los medios y la publicidad) y, en algunos casos, en su costo, su rareza, su lugar de procedencia, su antigüedad o, por lo contrario, su supuesto “vanguardismo”: el objeto, además de significarse a sí mismo, significará a su poseedor-exhibidor ante la mirada social, transfiriéndole a éste su propio valor, como significado secundario.

Estos desplazamientos semánticos se producen dentro del marco de las tendencias estéticas vigentes, los incesantes cambios de la moda, el mercado y la cultura imperante en un juego de vanidades interminable, sin reglas estables, -en suma, en ese estado extremadamente fluido de “modernidad líquida” descrito por Zelmut Bauman-. En ese escenario un objeto o clase de objetos que en un momento dado disfrutaba de un elevado prestigio social puede caer en el descrédito y ser destronado por una objeto “nuevo” –o un conjunto de objetos “nuevos”-y condenado al desamparo de lo anticuado o fuera de moda: aunque el objeto permanece siendo el mismo –y él mismo- la mirada social que le otorgaba sentido se ha modificado y ha subvertido su significado.

El “sentido” del objeto está sujeto -valga el fuego de palabras-, además, al irrefutable decurso de la historia que trastocará su significado; de esta manera objetos con una fuerte carga ideológica tales como el primer plano del Che (la histórica foto obtenida por Alberto Díaz Gutiérrez, mas conocido como Korda, el 5 de marzo de 1960), la hoz y el martillo o la estrella roja –que aterrorizaban, o enfurecían, a los timoratos en la época de la Guerra Fría- han terminado degradándose en productos de consumo masivo (remeras, posters, souvenirs): su valor de signos icónicos de identidad política ha quedado sepultado en la intemperie del olvido.

Los múltiples efectos significantes de los objetos industriales han activado antiguas disciplinas: la “semántica del producto” , la “semiótica del objeto” son algunos de los términos del ropaje discursivo (“habladurías” según la precisa descripción de Heidegger) con las cuales la Semiología, o mejor, la Semiótica, y la Hermenéutica se presentan como la ultima ratio del Diseño, su explicación final y definitiva, perdiendo de vista que la legitimación epistemológica –pero también ética y ontológica- de la disciplina radica en la usabilidad práctica de los objetos que diseña, puesto que, en definitiva, se diseña para que el artefacto pueda ser utilizado –real o simbólicamente-, para que sirva como instrumento en la vida cotidiana y no para que “sirva” de coartada narcisista para interminables y estériles discursos de interpretación de la interpretación –y así hasta el hartazgo.

La razón de ser de las disciplinas proyectuales no es la de producir signos sino la de diseñar artefactos útiles; que éstos adquieran per se un significado inherente a su función es inevitable –y el diseñador tiene conciencia de ello-; que a los objetos se les atribuyan significados secundarios es también inevitable –y este fenómeno escapa al control del diseñador: el inventor del clip jamás imaginó que dicho objeto llegarìa a ser símbolo de la resistencia de su pueblo a la ocupación nazi, así como los fabricantes de pañuelos blancos nunca imaginaron que tal prenda se convertiría en símbolo político de la resistencia de las Madres de Plaza de Mayo al terrorismo de Estado.
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